martes, noviembre 29, 2005

Sol de infancia

El tren es uno de los medios de transporte que me gusta más. Sin duda los mejores son los regionales. Aún ahora conservan el encanto de los antiguos. Esos que tenían asientos que parecían sofás, de color rojo, y casi siempre tenían la tapicería rajada en algún punto. Los hecho de menos. En ellos me desplazaba en mi infancia y adolescencia. Éramos pequeños jinetes en un caballo de hierro.

Aún deseo escaparme en uno de ellos, pasar todas la horas del viaje leyendo. Leer a clásicos. Me apetece en este momento leer a Sartre, por ejemplo, o a Camus. Quizás estas lecturas me hiciesen llegar hasta Francia. Y hacer una parada en Colliure, y así visitar la tumba de Antonio Machado. Visitar la playa donde seguramente escribió sus últimos versos conocidos:


“Estos días azules y este sol de la infancia”

La cárcel es para el preso, como la ciudad es para mi. El tren, sobre todo el tren, es como una vía de escape, un corcel fiel que siempre esta ahí para huir.

lunes, noviembre 28, 2005

América

.
Desde hace mucho tiempo tengo pendiente un viaje a América. Es un continente que siempre me ha fascinado, desde las tierras de los Aztecas, pasando por la selvática centro-américa, hasta la Tierra de Fuego. Parte de culpa lo tiene Pablo Neruda y para mi su mejor obra: Canto General.
LA LÁMPARA EN LA TIERRA

AMOR AMÉRICA (1400)

ANTES de la peluca y la casaca
fueron los ríos, ríos arteriales:
fueron las cordilleras, en cuya onda raída
el cóndor o la nieve parecían inmóviles:
fue la humedad y la espesura, el trueno
sin nombre todavía, las pampas planetarias.

El hombre tierra fue, vasija, párpado
del barro trémulo, forma de la arcilla,
fue cántaro caribe, piedra chibcha,
copa imperial o sílice araucana.
Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura
de su arma de cristal humedecido,
las iniciales de la tierra estaban
escritas.
Nadie pudo
recordarlas después: el viento
las olvidó, el idioma del agua
fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio o sangre.

No se perdió la vida, hermanos pastorales.
Pero como una rosa salvaje
cayó una gota roja en la espesura
y se apagó una lámpara de tierra.

Yo estoy aquí para contar la historia.
Desde la paz del búfalo
hasta las azotadas arenas
de la tierra final, en las espumas
acumuladas de la luz antártica,
y por las madrigueras despeñadas
de la sombría paz venezolana,
te busqué, padre mío,
joven guerrero de tiniebla y cobre
oh tú, planta nupcial, cabellera indomable,
madre caimán, metálica paloma.

Yo, incásico del légamo,
toqué la piedra y dije:
Quiénme espera? Y apreté la mano
sobre un puñado de cristal vacío.
Pero anduve entre flores zapotecas
y dulce era la luz como un venado,
y era la sombra como un párpado verde.

Tierra mía sin nombre, sin América,
estambre equinoccial, lanza de púrpura,
tu aroma me trepó por las raíces
hasta la copa que bebía, hasta la más delgada
palabra aún no nacida de mi boca.