Aldea del Rey es un pueblo muy pequeño de la llanura Manchega. Sus gentes son sencillas, y les gusta guardar sus costumbres y tradiciones como su mayor tesoro. Tengo muchos recuerdos de mis estancias allí, la mayoría muy gratos. Excepto unos cuantos referidos a épocas recientes.
Sus campos de cereal, verdes en Semana Santa, eran oro en todos los veranos que pasé en mi tierna infancia. Con la bicicleta surcaba las sendas que atravesaban como arterias todos sus lugares. A veces solo. A veces con amigos.
También era verde el césped de la piscina municipal. Donde pasaba las tardes y algunas mañanas, pocas. Bien tumbado en la toalla, secándome al sol, cual lagartija. Bien jugando a fútbol, a las cartas o a lo que se terciase.
Llegada la noche cenábamos, y enseguida estábamos otra vez en la calle, hasta pasada la medianoche.
Mi madre ahora descansa allí, junto a mis abuelos. Cerca de la vega donde jugaba, años antes de venirse a vivir a Barcelona.
Cuando la invoco en mi memoria, siempre esta sonriendo, con sus ojos transparentes, que dejan ver la bondad de su rostro y la tranquilidad de su espíritu. Siempre me pregunta, ¿Como estás David?
Mirando desde la ventana de la oficina, diviso a lo lejos, tras las cortinas, los edificios, las montañas y el cielo, a una niña jugando cerca de sus padres, en un pueblo pequeño y tranquilo, muy lejos, entre las nieblas del recuerdo.
D. P. PARDO
27-09-07