
Abrió los ojos y solo vio ante él el mismo paisaje esperpéntico, ese mismo paraje de camisetas desordenadas y mal amontonadas sobre estanterías de aglomerado marrón, paredes cubiertas de corcho decolorado por el tiempo y unas perchas apunto de derrumbarse por el peso de chaquetas que hacía meses que no se ponía. Paisaje que hacía ya varios años, por no decir siempre, tenía ante él cada mañana. Quizás eran ya las doce de la mañana, y todos estarían ya despiertos. Hizo un leve giro de cabeza hacía la izquierda, observo que la cama de su hermano ya estaba vacía, seguramente hacía varias horas que se había levantado. Guardó la cama plegable, forzando la espalda y los riñones al agacharse. Todavía conservaba en una estantería una imagen de él vestido con kimono y cinturón marrón, en un tatami azul. De esa fotografía hacía ya varios años, cuando todavía no le crujían los huesos y no se cansaba al subir unos simples escalones. Los años, la militancia política y el alcohol, le habían dejado en el estado que se encontraba. Los párpados aún le colgaban con difícil equilibrio, un estruendo le había alterado el sueño. En él se encontraba dentro de una cueva, todo estaba muy borroso, visiones de imágenes difuminadas, apenas recordaba nada. Probablemente el teléfono le despertó. Ya eran las 2 de la tarde, el día para él acababa de empezar.
El teléfono volvió a sonar. Cogió el auricular. Se escuchó una voz tranquila al otro lado. David, el otro David, lo conocía desde hace ya varios años. Si no recordaba mal fue en segundo de administrativo cuando lo vio por primera vez. Aún no llevaba el pelo largo, más bien lo contrario, el mote que le habían puesto en su barrio era bastante descriptivo, "Pelo pincho". Tras una breve conversación ya habían quedado.Descolgó el teléfono y volvió a la mesa. Mientras comía con su familia, se escuchaba de fondo el televisor. La crónica de sucesos diaria. Habían matado a una nueva mujer, "La maté por que era mía", la misma historia de siempre. En Palestina seguía la segunda intifada. La imagen de dos niños sangrando por la cabeza en un hospital. Las imágenes siguientes aún eran más crudas. Un autobús deformado por la deflagración, los cuerpos calcinados seguían dentro del vehículo. Siempre nos tienen que dar la comida. Decía su padre. Retiró su plato de la mesa y volvió a su cuarto.
El otro David esperaba subido en una barandilla junto a su coche, con una mano había cogido una china de una pequeña bolsa de cuero, en la otra tenía el cigarro. Con unos breves movimientos ya tenía el canuto preparado para el viaje. En menos de una hora se encontraban en el delta del llobregat, junto a las ruinas de un antiguo parque acuático, sobrevolando sobre sus cabezas los aviones que despegaban del aeropuerto del Prat. Después de todo este parque cochambroso no está tan mal, pensaban. Caminaron durante unos minutos hasta un mirador. Desde las aberturas en la madera se veían a todo tipo de aves que pasan la estación en esas aguas pantanosas. Esa tarde pasó tranquila. Empezaba a oscurecer y decidieron marcharse hacía el barrio. Antes un último porro, abrió el coche por el techo, era de esos descapotables, un Ford Fiesta blanco del 87. Echaron los asientos para atrás, y vieron las primeras estrellas de la noche, entre el humo, y el zumbido de los aviones.
El Zoco aún estaba vacío, debían ser los primeros clientes de la noche. Era curioso como en ese bar, que cada tarde tenía tertulia de tercera edad, con dominó incluido, se convertía por la noche en un auténtico antro de la droga. Tras una cortina y un pasillo, se abría una gran sala rectangular, con bancos de obra en todas las paredes, cubiertos con almohadas y cojines de colores. Cayó el primero de la noche, comenzaron suave, estaba algo cargado, lo acompañaron con una par de medianas. Ya con los ojos rojos y llorosos, comenzaron a hablar de la mierda que era el trabajo donde estaban, que no aguantaban más a sus respectivos jefes, y lo rápido que pasaba el fin de semana, y que carajo, todavía era sábado, y las doce aún no habían tocado. Comenzó ha llegar más gente, un grupo de gitanos se puso en una esquina, más lejos se sentó una pareja de estética hippy, y justo a su derecha un grupo de marroquíes. La niebla comenzó a vencer a la claridad en el fumadero, encendieron el equipo de música, comenzó ha sonar una especie de rock mejicano. El calor comenzaba ha subir en la sala rectangular. Todavía estaban en abril, pero allí parecía Agosto. Perfectamente podrían haber rodado en ese momento cualquier película ambientada en un antro de opio asiático. Lleno de turistas europeos. Solo faltaba el opio y rostros con los ojos rasgados. La temperatura empezaba a ser insoportable. Decidieron marcharse del lugar para continuar la noche en otro garito.
El Roxy no estaba nada mal. Ponían buena música. Solo rock en español. Era un local enano, ubicado en un viejo edificio del Pueblo Nuevo, tenía las paredes decoradas con carteles de conciertos, discos y el techo lleno de entradas grapadas. Parecía una especie de mausoleo del rock urbano ibérico. Rosendo era lo que más se veía y se escuchaba. También había un corcho con fotos. Había de todo, los dueños del bar en estado etílico, cantantes de grupos venidos a menos, y gente borracha haciendo el indio. Al fondo del zulo había un futbolín, junto a una pequeña mesa con juegos de mesa. La noche empezaba a morir, al salir del local comenzaron a sonar los primeros bocinazos de una ciudad que despertaba.
Publicado en mi antiguo blog, http://canserra.blogspot.com/, el pasado febrero de 2005.
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